Entraba
a su casa. Tenía un patio pequeño. Cabía un auto estacionado, con cierta
holgura, pero, de haberlo tenido, nos hubiera costado caminar por ahí. Entramos
a la casa, eché una vista atrás antes que la puerta se cerrara y vi el prado
que empezaba a secarse. Las rejas pequeñas, negras, dejaban entrar a casi
cualquier persona a la casa, bastaba saltarlas y adentrarse en los dominios de
Laura, un pasillo de adoquines señalaba el camino a tomar. Una vez adentro esta
me besó con fuerza. El rostro de su esposo, enmarcado y sobre la tele, me
miraba con felicidad, abrazaba a Laura pasándole su enorme brazo por sobre
los hombros, y esta respondía con una sonrisa más tibia. Más allá de la
fotografía estaba Laura quitándose la blusa y llevándome al interior de la
casa. Los pasillos se sucedieron y de repente me vi en su pieza o en la cocina. Tal vez
había una lavadora o tal vez nunca entramos a la casa. Ella se arrodilló y me
bajó los pantalones. Me agarró el aparato y lo metió en su boca. Apenas unos
segundos alcanzó a chuparlo. Preso de un arranque sobrenatural de pasión alcancé
una erección sublime y definitiva, seguida de un primer hilo de semen que
llenó la boca de Laura. Cerré los ojos y al abrirlos dirigí la mirada a mi
amante casual, la cual ya no estaba donde debía estar. De hecho ya no estaba más.
En su lugar estaba María, la niña que conocí en la escuela y la hice mi polola.
La que después se volvió mujer y siguió siendo mi novia. Así 8 años. Totalmente
desnuda recibió, gustosa, los chorros de semen en su boca, luego en su cara,
luego en su busto. Era como una manguera de patio que se quedó abierta. No
paraba nunca y María, con el paso de los segundos empezaba a adquirir una
tonalidad blanca lechosa, sin dejar de reírse. Hasta que mi respiración se agitó
y desperté bañado en sudor. Qué pesadilla. No pude volver a dormir.
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