jueves, 17 de mayo de 2012

Las compuertas ya se abrieron.


La vida se ha movido a ritmos inesperados. Una vez me desperté tarde. Con los ojos apenas abiertos me vestí y salí corriendo. La micro pasó lejos, iba tan rápido que parecía que se estaba burlando. El suelo estaba resquebrajado. Aun persistían pozas de un color café trasluciente. Al llegar asumí la responsabilidad del retraso y soporté como pude los regaños, las críticas, las amenazas. Luego se puso a llover. Después, mirando por la ventana, sacándole la vuelta al trabajo, asumí que el día iba a ser una desgracia. Algo de pena sentí cuando convencido eché hacia atrás la silla y estiré las piernas. Entonces todo lo que siguió estuvo bien. No hubo trabajo extra. Producí más de lo que esperaba. Incluso alguien, que supongo sería mi superior, me felicitó en un momento de la mañana. Esbocé una sonrisa, eso dicen. Mónica, quien estaba a unos metros de mi, dijo, en el almuerzo, que yo sonreía mientras me estiraba. Que era como un pulpo y daban ganas de abrazarme. Yo tomé un sorbo de jugo y me la quedé mirando. Las cosas podían andar bien. Mónica, en cambio, era un problema sin solución. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario