La
vida se ha movido a ritmos inesperados. Una vez me desperté tarde. Con los ojos
apenas abiertos me vestí y salí corriendo. La micro pasó lejos, iba tan rápido
que parecía que se estaba burlando. El suelo estaba resquebrajado. Aun persistían
pozas de un color café trasluciente. Al llegar asumí la responsabilidad del
retraso y soporté como pude los regaños, las críticas, las amenazas. Luego se
puso a llover. Después, mirando por la ventana, sacándole la vuelta al trabajo,
asumí que el día iba a ser una desgracia. Algo de pena sentí cuando convencido
eché hacia atrás la silla y estiré las piernas. Entonces todo lo que siguió
estuvo bien. No hubo trabajo extra. Producí más de lo que esperaba. Incluso
alguien, que supongo sería mi superior, me felicitó en un momento de la mañana.
Esbocé una sonrisa, eso dicen. Mónica, quien estaba a unos metros de mi, dijo,
en el almuerzo, que yo sonreía mientras me estiraba. Que era como un pulpo y
daban ganas de abrazarme. Yo tomé un sorbo de jugo y me la quedé mirando. Las
cosas podían andar bien. Mónica, en cambio, era un problema sin solución.
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