La
vi otra vez. Trotando por el parque. Iba con su ropa de siempre. Polerón
morado, pantalones negros. Los lentes de marcos gruesos que usan todas las
mujeres. En ella, claro, tienen otro tinte, uno que se acerca a lo meloso en
las tardes en que el arrebol asoma rojo sangriento. En que las canciones se
suceden en forma aleatoria y todas tienen un verso que dice sueños de romance. Una
tarde como esa, ideal para el amor, la imaginé trotando. Y otra tarde, una gris
y dura, la vi trotando por el parque. Iba con su ropa de siempre. Con sus
zapatillas plomas, gastadas.
Se
notaba cansada. Yo estaba sentado en una banca leyendo y cuando noté que se
acercaba me quedé pegado en su trote. La pierna derecha adelante. Luego la
izquierda. La derecha otra vez. La izquierda. Derecha. Recta. Manteniendo una línea
que se trazaba por todo el parque, esperando el momento en que ya no pudiera
acercarse más a la meta y, detenida, respirando con dificultad, mirara hacia
atrás y rememorara los momentos que le dejó el camino recorrido. Ahí se secaría
el sudor con la manga del polerón y levantaría la cabeza. Haría un par de
elongaciones y continuaría. Pero antes trotaba y cuando notó mi presencia
comenzó a detenerse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario