martes, 8 de mayo de 2012

Antes de dos uno.


La vi otra vez. Trotando por el parque. Iba con su ropa de siempre. Polerón morado, pantalones negros. Los lentes de marcos gruesos que usan todas las mujeres. En ella, claro, tienen otro tinte, uno que se acerca a lo meloso en las tardes en que el arrebol asoma rojo sangriento. En que las canciones se suceden en forma aleatoria y todas tienen un verso que dice sueños de romance. Una tarde como esa, ideal para el amor, la imaginé trotando. Y otra tarde, una gris y dura, la vi trotando por el parque. Iba con su ropa de siempre. Con sus zapatillas plomas, gastadas.
Se notaba cansada. Yo estaba sentado en una banca leyendo y cuando noté que se acercaba me quedé pegado en su trote. La pierna derecha adelante. Luego la izquierda. La derecha otra vez. La izquierda. Derecha. Recta. Manteniendo una línea que se trazaba por todo el parque, esperando el momento en que ya no pudiera acercarse más a la meta y, detenida, respirando con dificultad, mirara hacia atrás y rememorara los momentos que le dejó el camino recorrido. Ahí se secaría el sudor con la manga del polerón y levantaría la cabeza. Haría un par de elongaciones y continuaría. Pero antes trotaba y cuando notó mi presencia comenzó a detenerse.

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