miércoles, 8 de septiembre de 2010

Sobre música

Mi relación con la música es por lo general buena. Hay ocasiones, claro, en que no lo es tanto, como cuando se me echa a perder el pendrive, o como cuando no tengo audífonos, o no tengo pendrive (o cuando el cable del subwoofer muere). Por lo general estas situaciones se dan varias veces al año y nunca todas juntas, tiene que pasar una, luego la otra, luego otra, y así, de tal modo que cada cierto tiempo me mantengan frustrado y sin escuchar música, o escuchando por un solo oído. Pero no es siempre, otros días, no se cuántos al año, todo funciona y me es permitido por las fuerzas superiores de la música disfrutar de las canciones que me gustan. Ahora, por ejemplo, mi único problema, sin contar el del subwoofer-del cual dejé de interesarme hace un par de meses por el poco uso que le estaba dando-, es la duración de la batería del pendrive, que no pasa de las dos horas y media. He salvado, a pesar de eso, pues lo cargo en la noche (ah, también hay que cargarlo unas ocho horas para que tenga la “carga completa”) y durante el día no lo ocupo más que cuando camino solo por el campus o vengo a (o voy desde) casa, o sea no más allá de una hora y media. Llega el momento entonces que puedo disfrutar de toda la música que me gusta, de Silver mt zion, por ejemplo. De Do make say think. De Radiohead. De The dead science. Mono, Explosions, Rachels. Jeff Buckley, Magyar Pose. De Godspeed, que es tan bueno. Y otros más. Llega el momento, entonces, que disfruto de la música que me gusta todos los días, y los problemas desaparecen, así, semanas de buena racha. Las canciones se repiten, dos, tres veces. Cada una ocupa, durante un rato, un lugar dentro de mis obsesiones particulares, y después otra, y todas, y después me cansan. Cuando me cansan empiezo a revisar los discos viejos y a cambiar el repertorio del pendrive, y estos temas, estos discos, estos artistas, también cansan en su momento. O quizá usar el verbo cansar sea algo exagerado. Puede ser que pierden su impacto tras tantas escuchas y la batería, el bajo, la guitarra, los violines, las voces, las trompetas, se vuelven predecibles y rutinarios y, casi, sin sentido. Me acuerdo de un libro de Kundera donde un personaje le explicaba al otro que para sacarse una canción de la cabeza la escuchaba veinte, cincuenta veces seguidas, hasta que perdía su efecto y más, hasta que se volvía desagradable. Ni el nombre del libro ni el de los personajes me logro acordar. La cosa es que a mi, eso, me pasa, pero no lo hago adrede (podría implementar estrategias para que no ocurriera, pero soy muy flojo) y termino sufriendo. Sufro. Pongo youtube, pero no busco ninguna canción, no busco nada, lo dejo abierto sin usarlo por horas. El winamp se llena de polvo. Uso los audífonos para calentar las orejas. Paso de una a otra canción sin llegar a oír ninguna hasta que llego a la universidad y me doy cuenta de que no he escuchado nada. Podría haber leído un libro en ese rato (o al menos algunas páginas). Bajo discos, mucha apuesta. Algunos resultan regulares, otros muy malos y otros levemente buenos, pero no como para salvarte la vida. Los últimos descubrimientos salvadores que recuerdo son The dead science y Magyar pose, en dos años. Otros llenan un momento y después caen en el olvido de los discos viejos, los devedé de respaldo que juntan juegos, películas, trabajos de la carrera, y etcétera. Para unos el olvido. Para otros el agradecimiento eterno, por lo buenos que son, porque me tocan el corazoncito, porque me gustan y me dan ganas de oírlos cien veces con la seguridad de que no me dejarán de agradar (ni los odiaré). Como pasó con Vic Chesnutt. Granny es un gran tema, me dieron ganas de llorar como una guagua cuando lo escuché con los audífonos pulentos que tengo, pero iba por la diagonal, plagada de universitarios, y me daba vergüenza mostrar tan abiertamente mis emociones.

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