viernes, 3 de septiembre de 2010

Fragmento

¿Y qué decía? Alex llegaba a la casa y tras saludar se iba directo al dormitorio, donde no pasaba mucho hasta que se durmiera. Sebastián un día dejó el computador y golpeó la puerta de su compañero. ¿Estás durmiendo?, le preguntó, entendiendo al instante lo ridículo de la pregunta, lo que no le evitó esperar unos segundos a que le contestaran. No, le dijo, ¿qué pasa? Sebastián entró, se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la pared de madera, con la cabeza justo debajo del dibujo de Hitchcock, antiguo recuerdo de la escuela, medio roto, medio sucio, con los colores originales perdidos hacía años. La pieza estaba hecha un desastre. Había incluso comida que parecía empezar a cobrar vida propia en unos platos que dudo alguien se atreviera a lavar, botados, asomando por debajo de la cama. Prendió la luz de la lámpara, Alex, y miró a su compañero. Estás así por lo de tu padre, dijo Sebastián, y en su tono no se distinguía muy fácilmente si eso había sido una pregunta o una afirmación. Y lo peor es que no era por eso, y aún cuando Alex se lo dijo fue difícil para él, durante los días que siguieron, sacarse esa idea de la cabeza, hasta que en un momento, caminando por el campus, advirtió la presencia de Alex bajo un árbol que empezaba a sufrir los azotes del otoño, a una hora en la que debería estar rindiendo un certamen, muy comentado hacía unas semanas por el mencionado. ¿Ya tan rápido lo terminaste?, preguntó Sebastián. Algo así, dijo Alex, y lo invitó a comerse unas sopaipillas con mostaza, como medida precautoria, pues el día parecía empezar a arruinarse. Caminaron, saludaron a unas personas que conocieron alguna vez en alguna fiesta, siguieron, se metieron por entre un grupo de gente que se apilaba alrededor de un vendedor de cine, muy pirata y medio anarquista todo, la gente y el cine, la imagen incluso, a la que no se adhirieron, salvo unos instantes, nuestros personajes, pues sus pasos continuaron hasta que en un minuto, cuando ya estaban cerca de la sala en que impartían las clases que Sebastián debía tomar, este se detuvo y miró a su compañero de casa, que iba por la mitad de su sopaipilla. ¿Y qué es entonces? Le preguntó. No se, dijo Alex. Mordió un pedazo que rebosaba de mostaza, perdiendo un poco que se le cayó al suelo, y pareció pensativo a ojos de una niña que a pesar de su prisa se dio un segundo para mirar la cara de ese joven del sur. La chica siguió adelante. Alex repitió la frase. De verdad no sabía.

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