Kakaroto
Cuando terminó Sol y Lluvia bajamos del cerro, nuestros amigos oscuros se habían ido así que buscamos otra gente para echar la talla. Daniela llamó a Macarena, quién se encontraba en el lado izquierdo (nosotros estábamos en el extremo opuesto), cerca del escenario, y allá fuimos, envalentonados, empinándonos la última lata de báltica, la antesala a la aparición magistral del cacho dieciochero y la chicha dulce. Al llegar donde estaba ella, junto a otros tipos de la carrera, noté la presencia de un ente absolutamente desconocido y estrafalario, giraba como el agua cuando se saca el tapón de una bañera, bailaba al son de la música envasada, a la espera de la sonora palacios, rodeado por tres mujeres que le seguían el paso como podían. Era chico y gordo, tenía en sus gordos brazos tatuajes que emulaban o alambres de púas o una representación artística de flechas sin cabezas que se doblan, se retuercen, se cruzan y terminan cortadas drásticamente, usaba una polera negra ajustadísima que resaltaba su prominente guata y un collar que le daba la pinta de puertoriqueño seco para el reguetón. Su nombre era Kakaroto, según él, y venía del planeta Namekusaiyin, una mezcla, según lo que inferí, de las palabras Namekusei y sayayin, un planeta y una raza. En ningún momento de la noche se entendió de donde había salido, ni cuál era su objetivo (se expresaba con el baile, y al estar con tres mujeres a la vez era difícil entenderle), ni menos de donde había adquirido tal habilidad para la pachanga. Su presencia enardecía el ambiente, parecía que el volumen de la música se elevaba, que la gente se movía más, que los gritos y la felicidad compartida se expandía como una peste, mientras otros, muy tranquilos, preparaban el escenario. Aunque también podría haber sido efecto de la chicha en cacho. Pasó el rato y no pude evitar retarlo a un duelo de pasos de baile, rememorando aquellos que aprendí del maestro Macadú, más otros que diseñé para la ocasión en fracción de segundos. De entrada comencé con “el jardinero”, luego “el fanático religioso”, después “el que aguanta”, “el cinturón” y otros más que ya no recuerdo. El asunto es que lo vencí, posiblemente porque lo pillé desprevenido, porque la sorpresa de mi reto lo perturbó y no le permitió concentrarse y alcanzar su potencial. Y yo estaba en la zona. Me cagaste, hermano, me dijo y de ahí en adelante su presencia comenzó a desvanecerse, como también las mujeres que lo rodeaban. Incluso me parece haberlo visto secándose una ínfima lágrima que asomaba entre las sombras, con la vista perdida en los árboles que asomaban en la lejanía. No se qué pasó con él después.
Mano con sangre
Ya volvíamos a casa. Los pasos de las personas que pasaban junto a nosotros eran erráticos, se abrazaban y apoyaban entre sí, buscaban sus hogares, pero de seguro el camino se nublaba, las veredas estaban más retorcidas que nunca antes y los nombres de las calles se mezclaban con los de la gente, los de los vecinos y los de esos que hacía años olvidamos. El alcohol en la sangre se veía a kilómetros. No faltaba quién entonaba una canción, puede que hasta yo haya cantado en su momento alguna cumbia o lo que sea, pero no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es de lo que pasó cerca del club de ajedrez. Un tipo iba delante de nosotros, temblaba, estaba borrachísimo, se le notaba en el andar: era imposible adivinar donde daría el siguiente paso, como quién dice engañaba a las baldosas. La cabeza gacha y el cuerpo que buscaba el piso. Tenía una guata cervecera y una chaleca de muchos colores, todo indicaba que era una especie de ingeniero y que andaba en otra más de las tantas aventuras que la vida universitaria le entregaba semana tras semana. Fin de semana tras fin de semana. Aunque era miércoles la gente actuó como si fuera sábado o viernes. En especial el estudiante promedio. El caso es que este tipo de improviso cayó al suelo, o quizás no, pero falló al andar y se detuvo, apoyando toda su humanidad en un auto rojo. Fuimos donde él y le preguntamos que qué pasaba, si acaso estaba bien o no. Físicamente no estaba nada de bien, se le notaba la intoxicación, pero eso, en ocasiones como la que narro, no es tan importante comparado con el bienestar emocional que entrega un buen reventón para cierta gente. Dijo que estaba bien, o más o menos, pero mal no. Dijo que iba para Talcahuano. ¡Pero Talcahuano estaba para el otro lado! A menos que estuviera buscando una ruta muy alternativa, estaba perdido, y se lo hicimos notar. Para el otro lado, hombre, para allá está Paicaví, por allí pasan micros a Talcahuano, estás perdido, te estás alejando. No hizo caso y emitió un chasquido con la boca, miró hacia su derecha intentando ponerse de pie, creo que nos reímos en un momento de su porfía, y de la nada nos mostró su mano. Nos dijo que miráramos, y miramos y la tenía llena de sangre, pero no exhibía ningún corte. Podría haber tenido una herida en otra parte de su cuerpo y se la tapaba con la mano, quién sabe, podría haber tajeado a alguien y se impregno con su sangre, podría incluso haber pasado a tomar la herida de otro, cualquier otro. Nunca supimos, le preguntamos y no dijo nada. Posiblemente no entendió nada de todo lo que le dijimos, desde el principio. Lo dejamos solo y caminamos recto hasta mi casa. En un momento miramos para atrás y lo vimos caer de cara contra unas bolsas de basura. Daniela se preocupó, a mi me dio risa y le dije que avanzáramos no más.
El gusano
Días atrás, en las ramadas de la UBB, estábamos junto a una zanja con Daniela. Esta era paso obligado para quienes se querían acercar al escenario, asunto que a nosotros no nos interesaba. Nos interesó, sí, ver como la gente caía, reírnos de la desgracia ajena. Era esta una zanja complicadísima, para quienes estudiaban ahí, para esos que iban a la universidad a algo más que tomar en una ramada, había un puente, unos metros más allá de donde estábamos, que aseguraba una pasada tranquila. Nadie lo notaba, se aventuraban en la zanja y muchos, muchos, caían estrepitosamente, lo que provocaba nuestras risas y nos alegraba un poco más la tarde noche. Y uno de esos tantos fue “el gusano”. Un tipo alto, de pelo largo, un estereotipo de universitario, mezcla de metalero y neohippie, un borracho de mierda. Se adentró con firmeza en la zanja y, al bajar, mientras en el escenario Los miserables tocaban un tema medio punk medio romanticón, se le enredaron las piernas y cayó de cara. Se empezó a retorcer en el suelo, como un gusano, pero no vino de ahí su nombre. Cuando toda la gente empezó a animarle para que se parara, porque le costaba, lo intentaba y no podía, y los gritos y las miradas se sumaban en torno a él, comenzó el hito que llevó a llamarlo así. No se podía parar, lo sabía, aún con toda la hinchada que tenía, así que empezó a arrastrarse, como un gusano. Como si estuviera en una guerra arrastró su cuerpo por la zanja, se retorcía, como de punta y codo, estiraba las manos tratando de alcanzar algo de donde aferrarse. Su ropa quedó toda embarrada y su imagen se perpetuó en mi memoria, convirtiéndose en el mejor momento de la jornada y, posiblemente, de la semana. Se arrastró hasta que por fin avanzó algo y encontró una mano amiga que lo levantó de su miseria y lo impulsó a acercarse al escenario, en medio de los aplausos de todos los que lo vimos caer y luego, más su figura que su cuerpo, ascender.
lo del gusano es real?
ResponderEliminardiego