No hacía frío. Ninguno de
esos días hizo frío, por lo menos de los que nos acordábamos. Teníamos el
esbozo de recuerdo de los días en que estuvo lloviendo harto, y cuando nos
queríamos sentir más vivos buscábamos entre la pila de ropa tirada en el piso los
pantalones que todavía tenían manchas de barro, secas, evidentes. Yo no tenía
problema en usar los mismos pantalones día a día. Si lo conversábamos, a pesar
del tono, podíamos llegar a acuerdo y salir a pasear llamando la lluvia. Aun
cuando no hubiera respuesta del otro lado. Esos días dejó de llover y nosotros
nos entibiábamos en los márgenes del parque, reposábamos el cuerpo y nos
complacíamos con tan sólo ver a los cabros tratando de recuperar la juventud
perdida, ciegos al presente, de cabeza al desastre. Era agradable pensar en una
solidaridad fantasma que no por lejana y ajena dejaba de ser significativa.
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