martes, 15 de marzo de 2011
Comercial
Cuando desperté ya era de noche. La ventana seguía abierta. Había tenido unos sueños muy cuáticos así que me sentí algo confundido. Me quedé un rato recostado tratando de hacer inferencias con lo que recordaba de los sueños, pero entre las imágenes de animales bicéfalos y la sensación de vivir en una casa que se incendia solo por dentro no lograba más que sentirme perdido. Miré y la ventana seguía abierta, el calor de la tarde se había transformado en tibieza. Me dolía la espalda. Escuché como en el primer piso discutían, pero no logré notar cual era el tema en cuestión. Posiblemente no era relevante. Un pájaro voló dentro de la pieza y cantó como un trombón. La pieza fue por algunos segundos un limbo entre lo onírico y lo real. Y lleno de sangre. Entonces me salí, bajé las escaleras y me senté a la mesa, donde todos guardaban un silencio sepulcral que se contradecía con las frases duras que escuché antes. Pudo haber sido mi imaginación. Come, dijo mi madre. Gracias, dije yo, llevándome a la boca una cuchara colmada de yogur con chocapic.
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Yo cuando niño tenía un sueño repetitivo: fuego al interior de mi casa, que yo veía desde fuera. Luego iglesias blancas, niños jugando, alguien moría y siempre sucedía a mediodía, un día azul y despejado.
ResponderEliminar(Tuve ese sueño, el mismo, durante siete u ocho años, desde los seis años en adelante).
ResponderEliminarYo solía soñar un terrible, un angustiante sueño naranjo con abandono familiar y abducción extraterrestre mirándolo todo desde un auto de cartón en un cerro en un planeta parecido a marte.
ResponderEliminarV.