jueves, 25 de marzo de 2010

^^^^^ (son montañas)

En vacaciones pasaba las tardes en el patio. Como era hijo único y mis padres trabajaban durante todo el día, la casa estaba a mi completa disposición. Me cocinaba pasada las tres y comía al aire libre, sentado en el pasto, apoyado en el manzano que corona el patio, maravilla de la jardinería, mérito total de Juan Carlos, mi padre. Luego me iba a otro sector, donde reposaban los perros, y jugaba un rato con ellos. A los más pequeños los dejaba descansar sobre mis pies descalzos cuando se aburrían de correr, me gustaba entonces sentir su tibieza y ver como de a poco se dormían. Su madre, la perra, se quedaba a cierta distancia y los miraba de vez en cuando, con sus ojos de kiltro, humilde y orgullosa de su condición. Me gustaba también, cuando dormían, quitarles los fragmentos de hojas secas que se les adherían al pelo entre tanto jugueteo, y sentía como si les estuviera botando el cansancio que acumulaban en sus horas y horas de correteos, idas y venidas de animales felices. Leía y las menos veces escribía, poemas malísimos que juré en algún momento nunca llegar a mostrar, lo que terminó en un proceso que repetía todos los fines de semana, el cual consistía en juntar todo lo escrito, meterlo en un tarro y quemarlo. Nunca me llegué a arrepentir, verdaderamente, de hacerlo.

Algunas veces venían mis compañeros de universidad para invitarme a jugar al fútbol, y yo iba, me unía a su caravana de bicicletas y recorríamos, como un equipo, casi media ciudad para que un grupo de desconocidos nos volara la raja en 30 minutos. Muchas veces la responsabilidad recaía en mi, por lo que me ganaba las críticas de mis compañeros. Frases como: "pero como no la atajaste po", "puta cualquiera la ataja", "pero como se te fue", "puta el weón malo", "pero si es piti el weón", "a quién chucha se le ocurre ser arquero con esa vista", se diluían en el aire con la llegada del arrebol. Llegaban los demás, los que no jugaban al fútbol y se armaba la fiesta, el mambo, el bacilongo. Todos se iban y yo, de los últimos, tomaba mi bicicleta y volvía a recorrer las calles de la ciudad, más solo que un dedo de un hombre que le han cortado todos los otros dedos, no se si se me entiende.

Por la noche tocaba la guitarra, cuando todos dormían, tan despacio que solo yo me escuchara. Tenía un par de temas, muy tristes, y los repasaba una y otra vez, agregando o quitando hasta que dijera ya, están terminados. Cuando mi ánimo andaba peor también cantaba, o murmuraba las letras. Las letras no las escribía yo. Hacía, sí, todo el proceso. Tomaba versos de poemas que me gustaran o frases de novelas y las juntaba hasta que combinaran de alguna forma, y si bien mis letras no tenían mucho mensaje, superficialmente se escuchaban muy profundas.

1 comentario:

  1. "más solo que un dedo de un hombre que le han cortado todos los otros dedos, no se si se me entiende."

    Ta bueno pero uy cortito, como que introducía a algo más.
    Te debo el comentario del de hace un par de semanas.

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