lunes, 23 de noviembre de 2009

Perseguido

Tras mirar hacia ambos lados y notar la absoluta ausencia de guardias o cámaras de seguridad metí el chocolate en mi bolso. Mis movimientos fueron torpes. Esa vez me arriesgué y tomé un chocolate de los más caros, por ende más grandes, lo que me hizo retroceder el movimiento y a la segunda vez insistir con más fuerza, lo que era muy llamativo. El chocolate entró al bolso y cuando miré hacia atrás, sin poder disimular el nerviosismo, vi a un tipo mirándome fijo. Era alto, tenía corte pelela y usaba lentes. No era guardia, vestía con traje, posiblemente uniforme de oficina. Yo di la vuelta y me metí en la fila para pagar las manzanas que tomé legalmente. Miré de reojo por sobre quien estaba tras mi buscando al tipo que me pilló, el no poder verlo me hizo pensar que tal vez iría con el chisme. Antes me habían visto otras personas, pero la mayoría guardaba el secreto o se reía de mi torpeza, luego, viéndome salir triunfante, se admiraban, o envidiaban, mi suerte. Pero este tipo algo tenía, algo correcto, en sus lentes, en su terno, en su cara flaca. Lo imaginé abriendo su boca para delatarme, ser el héroe del supermercado Líder, un héroe cobarde por donde se le mire. De seguro tenía los dientes feos, flacos y ligeramente separados, largos, pero no tan amarillos. Me tomé la barbilla y continué en esos pensamientos hasta que la señora de atrás me dijo que avanzara. Era mi turno, pasé las manzanas y pagué. Sonreí. Al salir no quise mirar a los guardias. Si me tomaban, haría todo lo posible por alegar inocencia. Podía decir que me lo regalaron (tendrán algún modo para decir “este chocolate es de acá”), no había cámara en ese pasillo así que, más que las palabras del flaco no existían pruebas. Podía decir que alguien lo puso ahí, el mismo flaco. Cualquier excusa, no me dejaría llevar. Caminé un par de pasos hasta abandonar el supermercado. Es bueno decir que las alarmas de seguridad que hay fuera no funcionan nunca, por si os aventuráis a robar chocolates o galletas. Crucé las mismas y una vez fuera levanté la cabeza. El sol y la plaza a unas cuadras. Me senté en una banca y saqué el chocolate. Esta vez me salvé, pensé. Si me pillo con ese flaco otra vez, me va a joder, pensé. Ese flaco me tiene entre ceja y ceja, no hay lugar para ambos en esta ciudad, me dije mientras masticaba una avellana.

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