viernes, 27 de noviembre de 2009
La canción de la tierra
Antes de llegar, una señora me preguntó donde quedaba el cantón de reclutamiento. Era una mujer gorda y grande, de pelo corto y labios muy rojos. Usaba una chaleca de lana de esas que se abotonan, su falda café parecía amarilla a la luz del sol. La acompañaba su hijo, un escuálido pollo de tez muy blanca, poco pelo y que siempre miraba hacia el suelo. No se, le dije, es que no soy de acá. Me nombró las calles donde le habían dicho que quedaba, entonces le indiqué donde estaban esas calles, pero más que eso no le pude decir. Extendí mi brazo haciendo un ángulo recto con mi cuerpo indicando, con el dedo índice también extendido, la costa, y hacia allá se fueron. El hijo le dijo algo ininteligible para mi. La distancia y el sonido del viento primaveral lo hicieron así. Caminé un par de pasos hacia la cordillera y pensé en el inicio de la sinfonía que van a presentar la próxima semana. Los manuscritos originales en los cuales se basó son en chino, alguien la tradujo al alemán y para la sinfonía, el músico, las modificó a su gusto. Yo encontré en una página la traducción al francés e inglés, y esa primera frase en inglés se me ha quedado pegada por varias semanas, Sorrow comes; sorrow comes. Incluso pensé en un momento realizar la traducción completa al español, pero alguna otra tarea me distrajo y terminé, con el tiempo, olvidándolo por completo. Miré hacia atrás y la señora, con todo su volumen, se acercaba a una pareja que reposaba en una banca verde musgo, dejando atrás a su retoño que descansaba una mano sobre otra a la altura de la pelvis, pasivamente. Levantó la cabeza el retoño y dio un vistazo hacia donde estaba yo. Vio que en la esquina pasaba un auto que terminaría impactando, en cosa de segundos, al par de viejas que cruzaban la calle. Agachó la cabeza y volvió la vista a su madre, en cámara lenta.
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Apenas termine mi informe final leeré este texto.
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